Talleres, Velez, Gimnasia. Fechas aleatorias y no
determinantes del torneo de fútbol argentino. Partidos que para los millones de
hinchas de River no tienen ningún significado, para quien escribe sí. La
identidad está íntimamente ligada a la tradición. Reconocerse en algo que haces
durante mucho tiempo y te brinda un lugar de pertenencia. Es el testigo que
compartís y transmitís con tus seres queridos. Es el pasado, el presente y el
futuro. Es tu abuelo contandote de Tagle, de tu viejo con la vuelta del 75, de
tu tío rompiendo un paraguas para armar un piloto que duró 5 segundos.
Sos vos.
De contarle como tu abuelo iba a tagle, como tu viejo volvía
en el 38, como tu vieja no puede ver un partido en paz, como tu tío hace
religiosamente una pizza con huevos doble yema en cada acontecimiento
importante, como tu primo te llevó a vos y a tu prima a la cancha de Velez, no
solo por River, sino porque en ñuls jugaba él.
Como tu madre un día se engalanó con la banda y mandó el
hechizo para hoy ser tu madre. Y esa tarde, que no fueron pepitos sino melbas,
puteando a Chichizola desde la Sivorí Alta (Almirante Brown para el resto de la
historia y la tradición), reencauzó el viaje para que hoy estés acá.
Y ya no aguanto un segundo más para contarte de los posters
de mi cuarto, de Enzo I, de la lluvia del tricampeonato, del chileno limpiando
brasileños, del burrito, lo que te vas a aburrir viendo gambetas del burrito,
de lo fácil de mi primaria, de lo difícil de mi secundaria. De la cola eterna a
la madrugada, de la puerta rota en Santa Teresita, del cabezazo por arriba del
travesaño de Pavone al cual básicamente le tenés que agradecer de y por la
vida. De Cavenaghi, del día que más lloré por un gol de ferro, de Ereros. De
las patadas, del parapam, del dedo en alto, del cabezazo de Mercado, del Malibú
puro. De Esqueda, del gas pimienta, de la fría lluvia de agosto.
De conectarse a internet una noche cubana, con un nokia no
smartphone y ahogar las penas en ron. De los penales escuchados por radio en el
140. De las coxinhas, de Sao Gabriel, bueno en verdad eso no, eso que te lo
cuente el tío Pato. De agarrar la pelota cuando a todos le pesan, de entender
cómo funciona el Var adentro de una cancha, de los 11 minutos más largos del
mundo, de cómo sufrir, de como festejar, de como ya se fue la caravana de Porto
Alegre. De cómo el muñeco no nos puede hacer esto, del peluche de la cuna, de
porque Armani es el arquero más importante de la historia, de pedir ayuda (otra
historia que no te voy a contar yo, te va a contar el tío Ale).
De nos vemos mañana en el obelisco, de irse de lugares donde
uno no está a gusto, de que siempre hay que estar preparado para festejar, de
la mancha de champagne de la pared (Salentain Extra Brut, la de etiqueta
dorada), del tercero. De que la academia, el rojo y los bosteros a todos los de
River nos chupan bien los huevos. De la mancha en el tobillo izquierdo que
tienen mamá y papá.
Quedan muchas más historias, ya va a ver tiempo para
repasarlas.
Te vas a aburrir y te vas a saber tantos relatos de memoria
para mantener la identidad, para seguir la tradición.
Una última cosa queda contarte en esta instancia, te vas a aburrir de cómo es casarse de blanco y rojo con los únicos colores que te acompañan y te van a acompañar, de la cuna hasta …


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